
Más que jugar, el Alavés perpetra desde hace meses partidos a domicilio y en el pecado lleva la penitencia de rodar sin freno hacia los temidos puestos de descenso a Segunda B. Ni la llegada de José María Salmerón al banquillo albiazul y la teórica dosis de motivación para los futbolistas lograron ayer lavar la cara de un equipo albiazul embadurnado de mediocridad y con unas legañas defensivas que le nublan la posibilidad de otear cualquier resultado positivo lejos de Mendizorroza.
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